Y de repente, una puñalada en frío. Abres los ojos. Pupilas contraídas. Mil agujas de metal entre las uñas y la carne. Un peso en tu cabeza, que gotea a tus hombros, que nubla el pensamiento. Sabes que es ella. Tu vieja amante, la única que te despierta en la madrugada, para extasiarte de dolor. Se pone en marcha. Sobrevuela tu razón, destroza tu calma, empaña tu sentido de la realidad. Como humo rojo.
El sudor en la espalda, las vueltas en la cama. La ventana abierta, pero no hay aire. Es ahogarse sin agua, es morir sin sangrar. No es real. Sabes que no es real. Pero lo es. Ficticia como cadáveres andantes y real como tu propia piel. La sientes en tu interior, te invade, te controla, te encierra dentro de tu propio cuerpo.
Te engaña. Sabes que te engaña. Pero no puedes evitarlo. No puedes gritar, no puedes hacer que acabe. Sólo terminará cuando ella quiera, cuando por fin se desenrede de tus entrañas y trepe por tu garganta hasta tu boca y salte al vacío.
Pero no, aún no. Temblores. Te levantas. Tropiezas con un zapato y la oyes reírse. Cojeas al baño. Te lavas la cara, miras tu cara desfigurada en el espejo. Se retuerce, se estrangula. Tu corazón está confuso, bombea sangre sin control, sabe que algo no está bien. Intentas tranquilizarlo, pero no. Ella sigue ahí, jugando con él, pinchándolo con un palo, como un niño con un lagarto recién cazado.
Te tambaleas hacia la cocina. Tus manos no respondes. Una taza. Echas agua. Abres la puerta del microondas. La agonía no cesa. Vuelve la asfixia. Cierras la puerta del microondas, y tienes que sentarte. Sólo un par de teclas. El tiempo se activa. La camiseta te molesta. La tiras al suelo. Te tiras tú al suelo. El frío no te hace reaccionar. Das vueltas. Vuelve a reír. Tus ojos fijos en la luz del microondas. En la taza tu salvación. Te aferras a ella mientras sigue devorando tu carne. Mil gusanos blancos taladrando tu cerebro. Pegas un puñetazo en el suelo. Muerdes el otro puño. Desesperación. Ya no hay aire. Vas a morir. Te va a matar. Lo ha conseguido.
Y de repente, todo acaba. Tal y como comenzó. Sale por tu boca, te besa la frente y se pierde en la noche, sabiendo que volverá. Con la certeza de que la próxima vez será peor. El miedo sin sentido, el sueño roto.
La puta ansiedad volverá. Siempre vuelve. Siempre.
(Escrito 20 minutos después de que yo mismo sufriera un ataque)
skip to main |
skip to sidebar
lunes, 7 de noviembre de 2011
Ella
Publicado por
El Escritor
en
1:24
0
comentarios
Enviar por correo electrónico
Escribe un blog
Compartir en X
Compartir con Facebook